Juan Rulfo, el inefable

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Juan Rulfo, Wikipedia

Por Juan Manuel Acevedo Carvajal

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“En los grandes solitarios, el elogio del silencio posee raíces profundas. Para ello es necesario que la presencia de los seres humanos nos haya exasperado, que la complejidad de los problemas nos haya hastiado hasta el punto que ya no nos interesemos más que por el silencio y sus gritos.”
Cioran
Antes del ejercicio de relectura de la obra de Juan Rulfo era inevitable la pregunta por el silencio voluntario del genio mexicano. Ahora es comprensible que el desafío de la creación proviene del silencio y anhela regresar a él. Sobreponerse a la palabra, luego de haberla creado, es no caer en la tentación de repetirla: decidir el punto final y abrazar el mutismo es un acto de lucidez que sólo cometen los niños terribles del arte.

Walter Benjamin en un texto de juventud titulado Sobre el lenguaje de los hombres escribió que: “La lengua no es nunca sólo comunicación de lo comunicable sino también símbolo de lo no comunicado”.  De estos símbolos, de lo que no se puede decir, Rulfo construiría sus historias. Los hilos invisibles de estos silencios y una que otra ausencia estructuraron una de las más grandes obras de la literatura universal y confirmaron que la literatura es una mentira, en la cual el juego no es el de expresar lo inexpresable sino el de inexpresar lo expresable, pues lo verdaderamente esencial sigue siendo lo que se pierde en el intento del lenguaje.

Ahora bien, en oposición al sigilo de Rulfo, la crítica elaboró todo tipo de interpretaciones, apuntes y hasta aportes. Pasado el Boom latinoamericano, algunos insistieron en la necesidad de leer de nuevo El llano en llamas y viajar con cobija a Comala, de esa necesidad y del ejercicio de relectura nace la propuesta de este ensayo, que sin ser pretenciosa, quiere develar lo inefable en la vida y en la narrativa de este escritor.

Para llevar a cabo la propuesta anterior se presentan tres apartes, en donde se abordará inicialmente la vida del escritor, luego su primer libro de cuentos y por último su novela Pedro Páramoa la luz de lo que hablar quiere decir pero hablar no puede. Lo demás es silencio.



La vida ausente


 “No se habla cuando uno esta buscando el fondo de las cosas;  después de esto no hay nada más que decir”                                                                                          Céline

El silencio no es la simple ausencia de sonidos, es también la forma como se hace idéntico todo lo existente. En este sentido el silencio nos permite reconocer al otro desde la ausencia y permite oír lo inaudible como una revelación mística de la extensión del cuerpo.

Este silencio acompañó a Juan Rulfo, el hombre, desde su infancia temprana, pues la muerte violenta de su padre a raíz de la rebelión de los cristeros, marcó su vida desde la ausencia. A este acontecimiento fatal siguieron carencias económicas por la ruina de su familia y la muerte de la madre que lo sumergió en la soledad y lo convirtió en un niño retraído.

El escritor se convierte en adolescente al lado de su abuela materna, pero pronto descubre que adolece de protección y encuentra refugio en un rincón del orfanato de Guadalajara, donde pasa de los diez a los catorce años. Es allí, en este espacio de confinamiento, donde Rulfo escucha los sonidos del silencio y se reconoce como un ser lejano, con carencias afectivas.  

“Rulfo, al recuperar ese espacio vivencial de su infancia y adolescencia, hace revivir los fantasmas intemporales que siempre han acompañado al hombre a lo largo de la historia”. La orfandad y la soledad penetran la conciencia del escritor y le permiten la futura recreación de paisajes decrépitos en donde los vivos están rodeados de muertos y  se existe gracias a la esperanza desgarradora de la tragedia. 

Sin embargo, la soledad de Rulfo no es la soledad del insecto de Kafka o la soledad del extranjero de Camus, pues no se trata del aislamiento de una conciencia individual sino más bien una manera de estar colectivamente solo sobre la tierra. Por ello Rulfo reclama a sus coterráneos la circunspección que lo deja siempre fuera. “…la gente de por allá, del pueblo de donde yo soy es muy hermética. Por ejemplo, llegas tú y están ellos conversando, están platicando, y llegas, te acercas a ellos y empiezan a cambiar de conversación. (Pero han tardado mucho las lluvias, que calor esta haciendo ¿no? ¡que pronto llegan las noches!)”, dijo en una entrevista.

En la vida tanto como en la literatura, toda construcción es frágil y tiende al vacío. Las obras son la suma de fragmentos de la vida que acuerdan estar juntos por tiempo ilimitado. El silencio, en este caso, es la acción negativa que sustrae del tiempo a las palabras y subvierte el lenguaje por la vía del desuso.

Del mutismo constante nació el semblante del escritor meditabundo de voz queda que utilizó métodos poco convencionales para gritar el silencio de su espíritu, su orfandad y su constante búsqueda. El alpinismo, la fotografía y la destrucción de su prometida Cordillera demostraron el abismo de Juan Rulfo.

Al igual que Juan Preciado, Rulfo buscó la boca del infierno y encontró en la ciudad más ruidosa de Latinoamérica el aposento de las diferentes voces que lo atormentaban. En Ciudad de México transcurrirá el segundo periodo de su vida, allí encontrará la amistad, su voz definitiva y el amor de Clara Aparicio, para quien Rulfo siempre fue un eterno solitario. El Juan que yo conocí era un ser de una inmensa ternura, cuya mirada lo decía todo. Su sonrisa en los labios, que apenas se entreabrían… Estos recuerdos se han quedado en mí. Había algo en él que nunca pude entender, aún a estas fechas, a 17 años de su ausencia: nunca tocamos el tema de sus padres, sobre todo el de su madre. Tal vez en su amor triste él sufría en silencio. Muchas veces le llegué a preguntar: ¿qué te pasa, Juan? Dime... Mas nunca tuve una respuesta; sólo su mirada que se perdía en el espacio. Llevaba a cuestas una inmensa tristeza. Decían que posiblemente la había heredado justamente de su madre, María. Hay tantas incógnitas en la vida de Juan que indagar en ella es entrar en un mundo de suposiciones y zonas inseguras, que refuerzan lo que él mismo escribió: “Nadie ha recorrido el corazón de un hombre.”

Los personajes estoicos, agazapados e inseguros fueron creados en el ser del escritor tímido que sólo expresaba lo necesario, lo preciso o esencial. “No me gustaba hablar mucho…Por eso escogí a esta gente, que aparte de ignorante casi no habla, pero lo curioso es que se me pegó tanto, influyó tanto este estilo y esta forma que también yo dejé de hablar y hablo muy poco”.

La entera naturaleza, se dice allí mismo, está atravesada por una lengua muda y sin nombre, los grandes llanos y desiertos resultan tristes porque son silentes y exasperan con su pausa eterna, los personajes al igual que el creador deambulan por espacios áridos e infértiles.

Aquí se hace evidente que las experiencias trágicas de la vida del autor permearon su obra y enfrentaron al lector con el silencio de los personajes, quienes hablan muy poco entre ellos y siempre respiran un aire de fatalidad o desgracia. El sustrato es el mismo, ya que los personajes comparten la soledad, el hermetismo, y la ausencia de sentido. Según Octavio Paz, la soledad y el silencio tienen las mismas raíces: “Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del todo y una ardiente búsqueda; una fuga y un regreso.”

Puede resultar cierto, entonces, que todas las desgracias de Rulfo fueron consecuencia del silencio, un silencio mayor: el de sus padres, el de sus paisanos, el de sus pares, pero lo que si no puede cuestionarse es que de este silencio iban a surgir las voces interiores que le dictaron uno a uno los cuentos de El llano en llamas y los fragmentos de su magistral novela.


Calibán: EL DIÁLOGO DE JORGE LUIS BORGES Y JUAN RULFO
Rulfo y Borges, Antroposmoderno

El silencio del gran llano


     - ¿Qué es?- me dijo.-        
     - ¿Qué es qué?- le pregunté.-         
    - Eso, el ruido ese.-          
     -Es el silencio.                               
                         Juan Rulfo

Escribir le producía a Juan Rulfo una angustia tremenda, el papel en blanco era para él una cosa terrible, sin embargo desde temprana edad y como una necesidad vital, este viajero de sí mismo no dejó de hacerlo. Confundidos estaban los intelectuales que lo juzgaron por su silencio prolongado, pues no cabe duda del talento literario y de la erudición nacida de lo simple, es decir de lo profundo.

Sus primeros intentos, donde el personaje central era la soledad, fallaron a juicio propio, pero el esmero y la constancia de los primeros años dieron luz en 1953 en El llano en llamas, Una colección de cuentos para autistas que tuvo, sospechosamente, buena acogida por parte de la crítica.

De este gran llano silencioso se destacaron la originalidad de estilo y la fuerza narrativa de algunos personajes que utilizando el flujo de conciencia lograron ser entrañables para los lectores latinoamericanos. En ellos se evidenciaba el desasosiego y la angustia de aquel oficinista del Departamento de migración, quien confesó la soledad del pueblo mexicano.

El universo de El llano en llamas niega las leyes convencionales de la narrativa, a partir del alejamiento de ciertos narradores con la palabra misma. Rulfo inventa un nuevo estilo, el de la palabra ausente, que como el viento va y viene sin reposar en la conciencia de nadie. “Nada puede cambiar, nada puede transformarse en este universo estático compuesto de vocablos, pero, sobre todo, de murmullos y de largos silencios más elocuentes y significativos que las mismas palabras. Rulfo, como los grandes compositores, conoce el valor del silencio y pide a los lectores que lo llenen con sus propias palabras, pensamientos y sensaciones.”, escribió Hugo Vega.

Lo inefable se manifiesta entonces a través de personajes como Macario, el desquiciado que no puede acceder al lenguaje de la razón y que se convierte en un monstruo; obligado al silencio y a los límites de violentos aullidos, acompañados de zarpazos y manotadas.

Lo indecible, también acosa al narrador de Talpa con el remordimiento del asesinato de Tanilo, quien afirma: “Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa, tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo”.

En Diles que no me maten y No oyes ladrar los perros la negación aparece referenciada de forma directa en los títulos y se repite a lo largo de las narraciones. “Sí pero no se oye nada…Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros…Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír”.

Incluso en el espacio suena la ausencia, en Nos han dado la tierra está descrita como aquel lugar donde sólo se oye el viento y los personajes se sienten agotados por la inmensidad del espacio exterior al punto que afirman: “No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor”. El mutismo en este caso es una necesidad vital que permite la confirmación del otro desde su silencio.

Dentro de esta dinámica de hermetismo hay un cuento que se puede considerar como una excepción: se trata de Luvina, pero no porque el silencio no aparezca sino porque es un personaje más dentro de ese lugar donde se anida la tristeza. Rulfo ha dicho que Luvina le dio la clave para la creación de Pedro Páramo y cómo no, si allí, al igual que en Comala, sólo se escucha el silencio y se puede visitar la nostalgia y la melancolía.

En este cuento las palabras son susurros del lenguaje que desaparecen porque las consume el silencio. En Luvina ya no es posible más ausencia, porque la realidad de ese pueblo fantasmal ha ejercido sobre el lector la atmósfera del afuera, y la presencia de lo inexplicable.

De esta manera se puede concluir que El llano en llamas es una muestra de aquello que no se puede decir o en las palabras de Hugo Gutiérrez Vega: “En las obras de Juan Rulfo, el lenguaje se detiene y queda fijado en un tiempo que desafía con éxito todas las presencias modificadoras. Los personajes de El llano en llamas van más allá de la pura anécdota, superan las circunstancias concretas de la historia y se instalan en una intemporalidad que les otorga la sustantividad independiente propia de las obras de arte y de los grandes arquetipos producidos por la imaginación.”

Ve la luz el primer guion escrito por Gabo | Cultura | EL PAÍS
Rulfo y García Márquez, Centro Gabo

Las voces de la muerte


Pedro Páramo siguió moviendo los labios, susurrando palabras. Después cerró la boca y entreabrió los ojos, en los que se reflejó la débil claridad del amanecer.                                                                                   Juan Rulfo

Es propio de los fantasmas comunicarse en silencio. Incapaces de articular palabra, se expresan mediante actos ilocutorios producidos por el desbordamiento. Así, la única posibilidad de comunicación desde el silencio parece ser la que nos viene después de la muerte.

Luego de la travesía de una vida ruidosa, Juan… llega a un pueblo sin ruidos donde las voces están hechas de hebras humanas. Se lo había prometido a su madre y guiado por sus recuerdos entra en ese pueblo habitado de susurros y tiempos simultáneos, para presenciar el espectáculo del fin de la esperanza.

Juan Preciado desciende a Comala y es conducido por el laberinto de la memoria colectiva del pueblo. “El primer silencio susceptible de notarse con sólo dar un vistazo a cualquier edición de la novela es el de la estructura. La nada entre cada uno de los fragmentos o cuadros que constituyen el texto -setenta en total-, una desconcertante sucesión de renglones en blanco tornada en, como afirmó Fernando Benítez: una estructura construida de silencios, de hilos colgantes que es un no tiempo”, afirma Báez D. El mismo Juan Rulfo dijo que Pedro Páramo era un ejercicio de eliminación y que la estructura de la novela estaba construida de silencios y de hilos colgantes.

Volvamos al silencio, porque las paredes de Comala están construidas de últimas ausencias, ya que sólo en silencio acontece lo sagrado, sólo en silencio somos capaces de escuchar el lenguaje de las afecciones, aquello de lo que hablar siempre quiere decir, pero el ruido de la velocidad del mundo se lo impide.

Después del aturdimiento del primer gran silencio, Juan Preciado averigua que su padre es “un rencor vivo”. El páramo de la muerte donde reina el vacío de Susana San Juan a quien ya no le llegan las palabras.

En este momento Juan Preciado reconoce el carácter fantasmal de lo que habita y se pregunta por los gritos de los niños, reconociendo que no está acostumbrado al silencio y que el ruido del mundo todavía lo acompaña. Juan continúa por aquella ciudad hecha de murmullos, lo guía la ilusión del origen y del reconocimiento, pero en lugar de eso encuentra un rincón en el mundo de los muertos, descubre entonces que el pueblo es apagado por el silencio y que: “Las palabras que había oído hasta entonces…no tenían ningún sonido, no sonaban, se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños”.

Es entonces cuando comienza la historia de amor (silencio puro) y Susana San Juan aparece como el objeto de deseo del gran tirano: Pedro Páramo, quien ha guardado su amor durante treinta años. El deseo se presenta como ausencia pura y conmueve la figura de la esperanza de un hombre muerto por la razón.

Susana San Juan pertenece a la realidad de los deseos, de la infancia, los delirios. La desdicha de Pedro Páramo es que comprende la presencia de la ausencia de su amor pues sabe que no puede cruzar el umbral hacia la locura, hacia la muerte, inclusive no se atreve a buscarla en el mismo amor.

Todo ensordece cuando la vida en Comala se convierte en un sufrimiento constante, una esclavitud impuesta por un poder tiránico representado por la tierra, esa atadura que retiene, que reprime. La tierra, para Pedro Páramo, es ese símbolo del poder por medio del cual quiere alcanzar el amor encarnado en Susana San Juan. Pero el proyecto fracasa al enfrentarse a la invencible locura de la mujer y su posterior muerte. “La media luna estaba sola, en silencio. Se caminaba con los pies descalzos; se hablaba en voz baja. Enterraron a Susana San Juan y pocos en Comala se enteraron… Don Pedro Páramo no hablaba. No salía de su cuarto. Juró vengarse de Comala”.

En vida, la muerte se erige como una esperanza para dejar de sufrir, es ese destello liberador donde por fin el sufrimiento podrá descansar. Pero, al cabo, aunque es descanso, también es desilusión. El alma pena y sufre en su sepultura. El cuerpo se pudre y el ánima se vuelve voz vagante y retorcida, voz de la muerte.

Se confirma la sospecha de Dolores Preciado. La muerte parece tener múltiples voces. Dichas voces ya no se muestran tan inútiles ni tan débiles como las voces de la vida. Los muertos de Comala por fin alcanzan un código donde sus lamentos y sus quejas serán escuchados por otros muertos o por aquellos que se acercan cada vez más a la tumba.

La muerte le otorga una nueva dimensión a la palabra. Las sombras de Comala por fin emiten sus pensamientos, amores y odios oprimidos por tanto tiempo. Por consiguiente, la inefabilidad se convierte en un instrumento de liberación que incita a no olvidar los sonidos de la muerte.

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Bibliografía

  • Boixo González José Carlos. Introducción a Pedro Páramo. Cátedra. Madrid. 2002.

  • Báez Durán Miguel. El silencio y las voces errantes en Pedro Páramo. The University of Calgaray. Canada. 2005.

  • Paz Octavio. El laberinto de la soledad. F.C.E. México, 1989.

  • Rulfo Juan. El llano en llamas. Oveja negra. Bogotá. 1995.

  • Rulfo Juan. Pedro PáramoCátedra. Madrid. 2002. P.68.

  • Rulfo Juan. Inframundo. Entrevista con Silvia Fuentes.
  • Rulfo Juan examina su narrativa. Entrevista con Ernesto Parra.
  • Vega Gutiérrez Hugo. Las palabras, los murmullos y el silencioCuadernos Hispanoamericanos 421. 1985.
  • Vital Alberto. Noticias Sobre Juan Rulfo. México.2003.
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