Máquinas y cuerpos

Ilustración de Maria José Porras

Por Juanita Porras 


Hace unos años leí Historia de una muñeca de Patricia Suárez, un artículo sobre la extraña muñeca que había ordenado el pintor Oskar Kokoscha, tras su ruptura con Alma Mahler, a la fabricante de muñecas Hermine Moos. En una carta a Hermine, Koskoscha ordena que la muñeca sea a imagen y semejanza de su amada: más allá de un objeto, reclama una experiencia “capaz de abrazar”, por lo que pide pelo de caballo fino para la primera capa y para las posaderas y los pechos una capa de cojines de lana. De tal manera me impresionó la consciencia que tenía Koskoscha de su excéntrico deseo que hoy su muñeca visita de forma indefectible mi memoria mientras leo Las Hortensias de Felisberto Hernández. Como Kokoscha, Horacio, el protagonista, está obsesionado con una muñeca; Hortensia, predilecta entre muñecas que habitan en armarios y vitrinas a la espera de que Horacio las visite. Para María, la esposa de Horacio, Hortensia cumple el papel de la hija del matrimonio; para Horacio, vive como la amante. Este propósito amatorio no consabido lo llena no solamente de una compulsión por poseer objetos para amar sino una compulsión por experiencias, como en el caso de Koskoscha, una experiencia de juventud, quizá de inmortalidad, que hace de Horacio un hombre vivo. 

Esa experiencia que busca en sus muñecas, que lo lleva a pedirle a Facundo, el fabricante de muñecas, que cree la ilusión de calor humano en Hortensia, y a ‘los muchachos’ a que creen escenas con sus muñecas para que él descubra qué es lo que relatan a partir de su vestuario y postura, no es muy distinta a la experiencia vivificante que esperamos hoy de las máquinas. En las máquinas, así como en ciertos objetos, en su diseño y en su función, está puesto el deseo humano, y ese deseo está más que corroborado en esa obsesiva corporalidad con la que éstas son diseñadas. Horacio, por ejemplo, no busca una bolsa de agua caliente que le produzca la sensación de calor, no, busca una muñeca que imite a un humano, más aun, a una mujer, figura que ni siquiera le ha sido denegada pues ahí está su esposa, y aun así busca el calor de una amante artificial, así como se busca una nueva experiencia en la fantasía de compartir con un autómata como si fuera un humano. 

Esta puesta del deseo en la máquina es repetitiva en las ficciones de la primera mitad del siglo XX, en las que los hombres se ven atravesados por un amor obsesivo hacia lo que produce una máquina: la mujer ideal. En el cuento de terror El vampiro de Horacio Quiroga el objeto de deseo, así como de temor, es una mujer espectral, pero más que la mujer, el monstruoso ser que chupa la sangre es el deseo que consume a un hombre, que le ha llevado a usar un dispositivo al servicio de su imaginación para robar la imagen de una mujer de la pantalla de cine. Quiroga, lúcido, advierte que el problema no es la máquina sino su motor, ese que no está hecho de engranajes sino de pasiones, ese que conduce a un hombre a hacer de la mujer un fantasma. Rosales, inventor del vampiro, entiende, como Kokoscha y Horacio, que esa mujer espectral necesita un cuerpo, necesita ser experimentada, por lo que decide asesinar a la actriz para que la imagen cobre carne, volumen, pero lo único que logra es reducir a huesos su fantasía. Esa inversión entre virtualidad y cuerpo es extrañamente paradójica. Por un lado, los personajes han olvidado toda realidad ⸺y, con ello, toda mujer de carne y hueso⸺ para dedicarse plenamente al ideal, pero aun en ese rechazo buscan un cuerpo para llenar de materialidad su fantasía. En su fracaso por insertarla en lo real comprenden que sólo hay un camino para el amante obnubilado. 

Es el camino que emprende el Fugitivo en La invención de Morel al descubrir que Faustine, esa mujer a la que espía viendo el atardecer en la isla, es solo la proyección de una Faustine que alguna vez existió y que murió para dar vida a la imagen. El Fugitivo decide entonces grabarse así mismo en la máquina que posibilita la visión de su amada para convertirse a sí mismo en fantasía. Es lo que posiblemente le sucede a Horacio cuando al ser burlado por su esposa empieza a enmudecer, a convertirse él en muñeco e ir tras el ruido de las máquinas. Ahí, en esa elección de la imagen y del enmudecimiento por encima de lo real, está nuestra curiosa relación con las máquinas. Estas narraciones, escritas en un momento asombroso de auge y desarrollo del cine, de alguna u otra manera aluden al terror que produce ser engañados por el poder de la imagen y quizá hoy los autores sentirían aún más horror al ver hasta dónde nos hemos atrevido a llevar la ilusión. 

La fantasía siempre necesitará de un cuerpo para ser vivida, no solo para quien disfruta de la máquina sino para la máquina: una Hortensia que nos recuerde que los espejos reflejan lo que está en la realidad. En ese divorcio brutal con el que nos hemos acostumbrado a pensar cuerpo y mente hemos olvidado que, así como toda fantasía, toda forma de trascendencia pasa por el cuerpo. Ese cuerpo que ahora intentamos otorgarle a los robots es una posibilidad de que se recuerde el nuestro, pero también de que ese robot sea amado y experimentado. No obstante, como advierten Felisberto, Quiroga y Bioy Casares, la fantasía puede conducirnos a olvidar los cuerpos vivos y en el delirio hacer que el sujeto desaparezca en la nubla de su deseo. 
 
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Este ensayo hace parte de Todos los viajes se hacen en barca, proyecto que propone reflexionar sobre la relación entre lo extraño y lo familiar a partir de literatura fantástica latinoamericana. Este proyecto es subvencionado gracias a la beca de crítica cultural y creativa del Ministerio de Cultura de Colombia.

¿Qué tienen que ver las máquinas con la literatura fantástica? Escucha el capítulo II, a propósito de este texto. El capítulo se centra en la transición del siglo XIX al XX a partir de la aparición de las máquinas en América Latina. 

 
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