Que venga la rebelión, escritor

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José Hoyos*


Daniel Ferreira en la presentación de Rebelión de los oficios inútiles

Me pregunto qué dirán los naturalistas cuando descubren una nueva especie de mariposa. Imagino el vértigo emocional al sospechar que no ha sido antes descubierta y nombrada, por ejemplo, Catocala Cara. Y cuando confirman que es un hallazgo sin precedentes ¡qué sentirán! Dirán: ¡soy la luz, soy el inventor de los colores! Y los forenses, cuál será su reacción cuando hacen una autopsia y descubren que la causa del deceso es absolutamente nueva, que la muerte se acaba de reinventar en algo inédito y desconcertante –una enfermedad, un proceso químico nunca experimentado por nadie que doblega creativamente la vida–. Hay que considerar también otras variantes de la muerte, no ya en los seres humanos, bastante carcomidos por esa idea milenaria, sino en, digamos, una tórtola que atraviesa con toda su juventud una tranquila llanura y un perdigonazo le descose el buche: ¿será novedad para ella morir tan de golpe defraudando la expectativa de irse apagando ya vieja? Una muerte relámpago: pasar del todo a la nada. Un descubrimiento absoluto: pasar de la nada al todo, descubrir tu voz, escritor.

¿Eres un joven y desconocido escritor? Ven, te invito a comer algo, seguro no has desayunado. Se sienta junto a las torres de libros con que vive y toma litros de café porque energiza y es barato y gasta papel borroneando ideas para novelas, cuentos, versos sueltos, citas potentes. Cuando sale de la cueva que es su casa y va a la biblioteca o a la ciudad tiene que lidiar con terribles ganapanes: “Aterrice, pendejete, consiga trabajo”, y se traga todos los sapos y sigue hurgando archivos buscando algo, quién sabe qué, al fin y al cabo un archivo es un depósito de historias en semilla buscando escritor. Aunque ya tiene algo: realidades que lo hacen tambalear, porque ¿quién se acordará de estos muertos mañana? Sigue prestando oído a lo que cuentan los viejos. De regreso te encuentras con un personaje de postín y te dice estoy escribiendo una novela pero ufff, una cosa volaísima. Manga de escribas, adoradores del dios Snob, piensas. Te vas en silencio y antes de llegar a casa para ponerte frente al teclado y beber tu sorbito de vida pasas por una librería de nuevos para hacer lo que los excluidos en los centros comerciales: ver todo lo que no pueden tener y maldecir tanto vigilante. Tienes claro que el propósito del trabajo no puede diferir del de la existencia. ¿Daniel Ferreira, qué más tienes en común con Joaquín Borja, el periodista corajudo de Rebelión de los oficios inútiles? ¿Alguna vez empeñaste un piano Apollo, herencia sagrada de tus padres, para financiar tu motivo de vida? ¿Alguna vez le apostaste todo, como él, al caballo por el que nadie daba nada? ¿Alguna vez te dijiste por Dios, cómo no voy a contar todo este horror? Cuesta caro leer y escribir y estar por completo ofrecido a “el modelo exacto de lo que debe ser un escritor, si es que un escritor debe ser algo en este mundo”. Entonces viene el escollo mayor: todo lo que pasa por lo ético, la acción, el deber, Camus. Y prepárate para ser mordido y vilipendiado, como corresponde. El significado de El Compromiso para un escritor no es algo definible, solo se entiende si es penetrado. En el zoológico de Pereira vivía un rinoceronte joven angustiosamente encerrado en su pequeña parcela. Un día temprano se sacudió, gritó con furia, arremetió de repente y tumbó tres vallas de seguridad que parecían insuperables y paseó su fuerza y su inconformidad y su mugre y su herida sangrante y su verdad por entre la multitud decente del restaurante y después fue a zambullirse en el estanque de los cisnes. ¿Qué pulsión reclamó su lugar en el espíritu del animal? Tienes que ser el resultado de una inquebrantable pulsión animal, escritor. La novela Rebelión de los oficios inútiles es el resultado, estoy seguro, de años de caminar herido tumbando vallas. La literatura, al decir de Juan José Millás, es como el bisturí eléctrico de un cirujano: causa la herida y al mismo tiempo la cauteriza.

Hay un narrador que siempre, en cada capítulo o subcapítulo, consigue conducir de cabestro al lector porque sabe para dónde va. Por encima del narrador está el escritor y por encima del escritor está el pensador. Más arriba que todos está el develador de un momento histórico. En tu cabeza cupo una novela nodriza: Rebelión es una historia global hecha a base de retazos cuyas costuras no se notan. Hay frases, subtramas y capítulos que se muerden la cola con habilidad, como evocando a Rulfo. Las escenas están construidas siguiendo la lógica de esos juegos de maletas en que la más grande contiene todas las demás. La violencia colombiana es el aura de la novela, pero no su tema. De nada serviría presentar contexto sin piel, sin humanidad, sin nombres propios. Conocimos el mundo interior de Oscar Matzerath en El tambor de hojalata. Günter Grass no describió, representó su carácter como la templanza misma. Para Oscar el tambor es un vínculo con el mundo y una forma de evasión. Puede sentir, razonar, soñar, pedir –exigir– expresar, asentir, repudiar o recordar solo mediante el tamborileo. Y alrededor la guerra jodiéndolo todo. Conocimos el mundo interior de Ana Dolores Larrota, su tremenda humanidad, la conciencia de lucha y fuerza de ideales que erige a sus setenta y tres años: “La realidad espiritual depende de la realidad material, señor teniente, porque si yo no soy dueña de mi tiempo, ni de un refugio inviolable, ni de mi cuerpo, ni de mi alimento, ni puedo decidir mi trabajo, tampoco seré dueña de mi pensamiento, ni de mis sentimientos (…) No hay nada más sobrevalorado que ser rico o tener un título. No soy rica ni tengo títulos (…) No soy líder política, simplemente porque no pertenezco a partido alguno, ni tengo aspiraciones a un cargo oficial. Soy solo una vocera de gente que tiene conciencia de la desigualdad y el abuso (…) Hay gente que es pacífica por naturaleza. Pero igual que mi perro puedo morder si alguien me pisa el rabo”. No hace falta escribir para ser poeta cuando tu inspiración es la indignación. Hay quienes prefieren la peligrosa búsqueda de la justicia resignando su destino humano. Ana Larrota y Joaquín Borja no temen porque “un cuchillo no puede herir a otro cuchillo”.

He estado en Jalisco porque he leído a Rulfo y conozco Paris porque he leído a Cortázar. Sería falso decir que no he pisado esos lugares, así mi vidita nunca haya salido de Colombia. Puede que físicamente nunca hayas estado, Daniel, en Turín o Nueva York, aun así has logrado recrear el color de esos sitios y caminar por ellos acompañando a Simón Alemán, tu personaje, con total precisión. Puede ser que Cesare Pavese te hizo conocer Turín. Quiero pensar que hacer coincidir a Simón Alemán y a Pavese en el mismo hotel donde el escritor italiano se suicidó es homenaje y retribución.
Cosas que tiene Rebelión: respiración, vigor, hondura, potencia. Cosas que no tiene: timidez, miedo, tacañería, tópicos. Es delicioso hacer de una reseña una divagación. No sé qué más decir, es que son tantos los cánones para hacer una reseña que temo preocuparme más por ellos que por la reseña misma. Tengo una idea y estoy obligado a escribirla con total precisión y fidelidad. No puedo engañarme, mi deber es decir justo lo que quiero, no puedo irme por las ramas o conformarme con aproximaciones. Atravesaste ese muro, escritor: Rebelión es la exacta representación de cómo se trasladan al papel los propósitos originarios de una novela. Son páginas escritas como atajando el embate de una fuerza invisible, pero la fuerza gana, y termina por superar la contención y el caudal de la prosa se echa a correr. Puede verse en la cronología y puntos de vista saltantes, en los diálogos efectivos. Pude terminar de leer Rebelión de pie en una librería. De no ser por tanta cámara de seguridad lo habría hecho en mi casa. Fue cosa de varias visitas, paréntesis en el tiempo que abre la buena lectura. La lectura fácil solo puede significar escritura difícil.

Voy a las iglesias cuando no hay misa ni más donde leer. Es un espacio tranquilo, uno puede leer a sus anchas siempre que tome la precaución de ocultar el título del libro. Estoy sentado frente al confesionario donde dos señoras pomposas y muy dignas hacen fila. Cerca, un joven expectante parece estar esperando a una de ellas. La primera estuvo unos veinte minutos limpiando su conciencia con el cura. La segunda tardó un poco más. El joven expectante no se fue con ninguna de ellas. Observo con discreción y entonces, con la suspicacia del animal de calle que soy, deduzco que el joven está esperando al cura. Pero el cura sale directo a su trastienda y raudo el joven se dispara hasta el confesionario y con disimulo extrae una grabadora pequeña pero potente escondida entre las tablas, justo debajo de donde susurraron sus crapulencias las dos damas. El joven sale y yo salgo detrás. Camina tan distraído y volátil que no parece ser periodista. Entra a un café y se sienta con los audífonos a recibir la confesión electrónica de las señoras ilustres. Lo sigo con mirada agazapada desde otra mesa. Saca de su bolso desteñido, donde de soslayo puedo leer los lomos de dos libros (El extranjero y La genealogía de la moral), un cuaderno con muchas anotaciones, hojas sueltas, recortes de prensa, y busca un espacio en blanco y sonríe –diablo sereno– y anota todo lo que los audífonos le dictan. Es la más pura extracción de la realidad. ¿Puede alguien ponerle una grabadora a una época en que no había nacido, a un periodo político, a la historia de un país? ¿Puede traer esos hallazgos al presente con total fidelidad? Si sabe ficcionar, sí. Los registros oficiales son las antípodas de las grabaciones hechas por nuestro, perdón por el término, joven escritor: en las páginas sociales de los periódicos aparecen esas dos señoras copetonas como adalides de la moral y las buenas costumbres. ¿Cómo se graba la historia? Lo sabrás si paras oreja a los relatos orales de tu pueblo, si logras interpretar las notas de prensa escondidas en recuadros pequeños de periódicos, las caras de angustia y ropas ajadas en blanco y negro de las fotos antiguas. La Historia y la Memoria no son tan inseparables como se dice, andan más bien distantes. La primera es una espectadora cómodamente sentada en su púlpito de academia; la segunda, en cambio, fue partícipe de los hechos, sufrió las tempestades de la guerra en carne propia. Suelen tener Memoria solo quienes fueron jodidos por la Historia. Esos jodidos son Ana Dolores Larrota, Salomón Novoa, Rafael Rangel, Donaldo de Jesús Estrada, Antonio Hinestroza, Evangelista Pimentel y toda la pléyade del Sindicato de Oficios Varios sublevados en  Rebelión y miles de colombianos durante el último medio siglo.

Hablemos pues de costumbres. Julio Cortázar tenía en algunos pocos escritos la satírica costumbre de poner haches a propósito en donde no iban, o de suprimirlas donde sí debían ir. Lo hacía para ironizar y poner en evidencia la inexistencia de algo, para denunciar a los ilustres farsantes, y para responderle a los críticos pedantes que lo mordían. Uno entiende lo que quería decir cuando escribía por ejemplo: “El notable doctor tiene una ermosa hortografía”. “La suprema hinteligencia de nuestro gobernante”. “Un ombre de habsoluta herudición hacadémica”. “Insuperable hobra poética”. En Lugar llamado Kindberg, uno de sus cuentos más brillantes, tuvo el desparpajo de ubicar casi todos los signos de puntuación justo donde no debían ir. Solo así podía escribirse una historia tan enrevesada y vertiginosa como la de Lina y Marcelo. Tan bueno que Cortázar le torcía el cuello al lenguaje, a la ortodoxia, a los cánones, a la rutina. La de los grandes escritores es una bonita desobediencia y arrojo puro. Arrojo es que el primer párrafo de Rebelión dure doce páginas. Arrojo es que en algunos capítulos extensos no aparezca un solo punto seguido. Larguísimos enunciados de deslomadora construcción y perfecta agilidad y sentido narrativo. Sabemos que no es novedad (a quien busca la novedad solo por llamar la atención le bastaría con salir desnudo a la calle), pero no sabemos lo difícil que es mantener la lógica del enunciado y adentrar al lector en una historia sin hacer un uso convencional de la sintaxis. No es un arrebato innecesario: a las personas torturadas del primer capítulo, a Joaquín Borja y a los sublevados víctimas de la represión, como al lector, no se les daba tiempo de respirar.

Entonces un día, Daniel, en una conversación un figurín del común te dice: “A mí no me gustó ni cinco tal personaje de tu segunda novela”. Los personajes sacados del tópico que es la realidad no gustan cuando tampoco gusta esa realidad. El mafioso de pueblo es grotesco pero rico, y la ignorancia colectiva descarta lo grotesco y se queda con lo rico, entonces pasa a ser admirado y emulado, y esa personalidad –un molde– prolifera. Los personajes maqueta abundan. La gente bienpensante no quiere verse reflejada ahí. El escritor tiene que mostrar lo que nadie quiere ver, inquietar, incomodar. Hay que ponerle a la sociedad ese espejo, al menos cuando la línea literaria es la realidad social y política. Sí, lo sé, en la palabra escrita todos queremos encontrarnos con La Maga, con Maqroll, con Juan de Mairena, gente única. En tu pueblo, entre los mineros rasos, entre los vendedores de minutos, entre los celadores, entre los jornaleros, entre las empleadas domésticas, entre las prostitutas, entre los jíbaros, entre los barrenderos, ¿cuántas Magas, Maqroll o Juan de Mairena conoces, figurín?


En la ficción se esconde una verdad más honda y elástica que la mostrada por la realidad. La realidad insinúa, la ficción excava. Hay que escribir lo que pasó hoy para mañana saber si ha sido cierto. Todo lo que esté bien escrito es verdad, así nunca haya pasado. Lo  aprendí de Franz Tunda, el protagonista de Fuga sin fin, la novela de Joseph Roth. Tunda es un oficial del ejército austriaco en tiempos del Imperio Austrohúngaro. La Gran Guerra, para la que se enlistó con orgullo patrio, resultó ser la gran putada, así que decidió convertirse en desertor. Huye por toda Europa oriental, siempre cambiando de identidad cada que llega a un pueblo diferente. Se instala bajo un nombre falso, busca un oficio minúsculo, y entabla relaciones sociales con toda naturalidad. Sabe que no puede arriesgarse a que descubran quién es porque para traidores y desertores no hay perdón. Además del nombre, inventa un pasado, una tradición familiar, unas historias vividas, una forma de pensar, unas afinidades políticas: una personalidad. Pero como tiene tan mala memoria (y la buena memoria es el principal atributo de todo buen mentiroso) se ve obligado a consignar en su diario todo lo que dice. Al cabo de un año ya tiene escrito un personaje de ficción perfectamente verosímil. Se ve en peligro, tiene que huir de nuevo, y al radicarse en otro lugar el proceso empieza de nuevo. Franz Tunda es un militar de vocación que descalifica el oficio literario y que, sin saberlo, nunca para de crear personajes de ficción. La realidad dice que Franz Tunda es un militar desertor, pero la ficción dice que en realidad es un hombre en busca de sí mismo. Joseph Roth creó un personaje inventor de personajes para sublimar su propia búsqueda existencial. El escritor nos cuenta una historia cuyo subsuelo está cargado con la fuerza de su revelación. Da con su voz –su alma– y es como un relámpago: pasa de la nada al todo. Sucede que en un país como Colombia es común que las revelaciones de muchos converjan. En Rebelión, Daniel Ferreira echó mano de realidades sociales y las volvió ficción para expeler una verdad mayor: la de tantas voces acalladas durante la larga noche de las injusticias.

*Cuentista colombiano.