Breves apuntes sobre la brevedad: Alejandro Zambra

Por Bernardo Galeano Bolívar


Si hubiese una relación directa entre nuestra escritura y su objeto –el comentario de un texto, la crítica de una novela, la interpretación de un cuento, un ensayo sobre poesía-, hacerlo sobre Alejandro Zambra implicaría una escritura breve, esencial y directa -sin embargo, existen diferencias importantes entre una obra literaria y su comentario, aunque algunas publicaciones hayan borrado esos límites formales o lo estén haciendo.
No es este, por su extensión, un comentario exhaustivo de la obra de Zambra. Son apuntes sobre sus dos primeras novelas. Algo así como escribir un haiku sobre un microcuento.
La poesía breve
 La brevedad es una marca de la narrativa asociada al autor de Bonsái (un árbol o planta reducidos, breves) y se corresponde con un lenguaje atravesado por la poesía o, mejor, por ciertos elementos poéticos que se explican en parte por el contexto chileno, un país que en Latinoamérica tiene entre sus legados literarios incuestionables a los poetas. Casi podría decirse -siguiendo un lugar común que no se priva de cierta cuota de verdad- que empezar una carrera literaria en Chile pasa por la publicación inicial de poemarios, y es el caso de Zambra, cuyas dos primeras publicaciones, Bahía inútil (1998) y Mudanza (2003) son, precisamente, libros de poesía. Pero, sumada a esta razón de contexto histórico-literario, existe en la poesía, en alguna poesía, una intensidad que se expresa en lo breve. Las novelas, se ha dicho, tienen a la extensión entre uno de sus aliados –o su mayor enemigo, todo depende. Muchas de ellas apelan a la acumulación de elementos que otras formas literarias no podrían permitirse sin perder solidez. Sin embargo, novelas como Bonsái o La vida privada de los árboles buscan la exactitud del lenguaje, la moralidad de la precisión de la que hablaba Ezra Pound y que coincide, por supuesto, con la brevedad del poema.
Precisamente Zambra cita con regularidad una carta de Pound a William Carlos Williams en la que señala que si hay un interés en su escritura, este ha de llevarlo a omitir las partes aburridas de las novelas, obras de las que, realizada esta operación, sólo quedarían cuatro o cinco líneas, es decir, una economía de la escritura. En la analogía entre géneros literarios, las páginas de la novela se decantarían por los versos del poema, más intensos y con menos prolijidades innecesarias. Esta idea tiene un tono que le es familiar a cierta literatura latinoamericana que se acredita con la convicción borgeana sobre la búsqueda de una medida justa, sin rodeos, alcanzando en pocas páginas lo necesario, sin la fatiga o la cansada postura que dejan las páginas que sobran, sin el tedio que producen y sin lograr una exigua conexión entre la longitud de la novela y la brevedad humana, que se correspondería mejor, para algunos, con el cuento o la poesía.
La inevitable levedad del ser
Se adjetiva constantemente a Bonsái y a La vida privada de los árboles como novelas leves, universos literarios asociados a la levedad. Aun así, la ecuación que aparentan sostener algunos intérpretes del chileno supone que la levedad pasa casi exclusivamente por un asunto de extensión, es decir, las novelas de Zambra serían leves por su brevedad. Lo que se menciona menos es que en la levedad subyace cierta comprensión del lenguaje, un minimalismo literario que desmonta la gravedad y que refuerza la indisoluble relación entre levedad y lenguaje en el escritor chileno. Como si la pesada carga de la vida o la solemnidad de la literatura fueran traducidas a palabras de un idioma más amplio y sencillo.
¿zambriano, zambreano?
Fuera de las referencias publicitarias que suelen ser exageradas e imprecisas a la hora de ponderar la obra de Alejandro Zambra, entre las que se menciona -en un tono ampuloso- que es el autor chileno más aclamado en el extranjero después de la aparición de Roberto Bolaño en el paisaje literario internacional -las partidas y arribos en los congestionados aeropuertos de la recepción literaria-, las novelas de Zambra han generado interés en muchas latitudes que se acercan a la mirada de este escritor sobre el desencanto generacional, las tensas relaciones amorosas, la reflexión sobre la escritura, los regresos constantes a la historia personal, al pasado, el desarraigo, la niñez, la dictadura de Pinochet o, mejor, la vida de algunos chilenos durante la dictadura, la perspectiva de esa dictadura desde la comprensión de los niños; cómo esa mirada, repito, construye una pequeña parcela de elementos que con dos poemarios, tres novelas, un libro de cuentos, un libro de ensayos y crónicas y un texto que escapa a las etiquetas, Facsímil, ya define un estilo. De cómo un sustantivo comienza a adjetivarse: ¿zambriano, zambreano?
La escritura autobiográfica
Sobre el análisis o el comentario de la obra de Zambra se recurre con frecuencia a la ya casi marca de cierta generación de escritores que no necesariamente coinciden cronológicamente pero por decisiones formales, estéticas o vitales se reúnen bajo la denominada escritura autobiográfica. Zadie Smith resume en un bello texto [Fracasar mejor] estas referencias constantes a la historia personal – o a sus rasgos y líneas generales- de los escritores en las obras de ficción, es decir, la correspondencia entre algunos elementos de la vida del autor y las del narrador, los personajes o las situaciones y acciones narradas. Dice ella:
“Esto no es una llamada a la autobiografía, aunque siempre haya escritores que confundan el deseo del lector de una verdad personal con su llamado a escribir un tratado o un discurso o unas memorias apenas disfrazadas en las que ellos mismos son los héroes. La verdad de la ficción es una cuestión de perspectiva, no de autobiografía. Es lo que no puedes evitar decir si escribes bien. Es la marca de agua que corre por todo lo que haces. Es el lenguaje como revelación de una conciencia.”
Y Zambra no es un héroe –no hay una visión heroica de sí mismo-, ni los narradores de estas novelas lo son. La inocencia y la entereza moral son descartadas de plano en la obra de Zambra, sobre todo aquella vinculada a ciertos pasajes de la historia chilena. Si hay una posición ética, ella será la de paliar la cínica imagen de algunos, la sordera y la ceguera (deliberadas o no) sobre las cosas que se escuchaban y veían. Parecería que el temor de los adultos y la “inocencia” de los niños no los excusa. El quid en Zambra –y creo que en algunos autores que han llegado a la estación de la escritura autobiográfica- es, en realidad, de perspectiva, aspecto que lo aleja de la mera exhibición de correspondencias entre su vida y las narraciones y lo sitúa en la necesidad de formar una línea que incluye la historia propia para contar, expresar, comprender, ampliar y responderse preguntas que sería difícil enfrentar de otro modo; o lo que es lo mismo, la revelación de una conciencia. En este sentido, Alberto Olmos se pregunta cómo distinguir el “yo” mercadotécnico del auténtico “yo” literario y responde:

“En realidad, es muy fácil: con el segundo sientes que el autor habla de ti. Decenas de autores hoy en día parten de la premisa: “Lo que yo cuento interesa porque trata de mí”, cuando la literatura autobiográfica interesa porque, bien hecha, trata de todos nosotros. Es la diferencia entre lo doméstico y lo íntimo (que es lo universal).” [Blog Mala Fama, El Confidencial]
No quiero decir con esto que la ficción tenga necesariamente una relación directa con la propia biografía, o que deba seguir ese camino para legitimarse. No tiene necesidad de legitimarse de ese modo. Sin embargo, la búsqueda personal en ocasiones asume un tono en el que literatura y vida se encuentran sin que se trate, necesariamente, de un diario personal, unas memorias o textos que apenas encubren libros de no ficción.
Pero, entonces, ¿cuál es la postura de Zambra sobre la escritura autobiográfica que atraviesa su obra, qué perspectiva tiene sobre ella, por qué escribe de ese modo, qué hay detrás de esa decisión?
“-Creo que todas las novelas son autobiográficas. Pero, a la vez, son lo contrario de una autobiografía. Las novelas apuestan por la multiplicidad. Al principio, cuando empecé a escribir poesía, me interesaba filtrar la experiencia. Desconfiaba del "yo", buscaba una expresión liberada de obligaciones referenciales. Y sigo desconfiando. Cuando escribís en primera persona, enfrentás esa confusión biográfica, intentás descifrarla. «La alternancia de desnudo y disfraz», llamaba a eso Gil de Biedma.” [La Nación]

Desconfía del yo
¿Cómo se escribe una novela que descree de sus propios dispositivos?
“La literatura quiere captar la complejidad de los hechos, no simplificarlos. Mi estilo o mi deseo de estilo nace de eso: de querer narrar lo complejo, lo incierto, con las palabras y las formas más simples posibles.”
“Empecé a escribir novelas la primera vez que me atreví a decir yo, aunque no dijera yo explícitamente.” [Alejandro Zambra, El País]
He aquí uno de los elementos que más claramente se aprecian en Bonsái: un narrador en tercera persona que realiza, algunas veces, concesiones al yo, a la primera persona, como si hubiese una tensión entre la distancia de lo narrado pero, a su vez, una cercanía clara. Como si todo el tiempo el yo estuviese en la trastienda, como si en realidad fuese la primera persona la que nos narra todo con una máscara que nos confunde, haciéndose pasar por una tercera persona que no quiere ser descubierta, que no se atreve a mostrarse del todo: el pudor del yo, su timidez, cierta vergüenza. Creo que es algo común a algunos autores, esto es, de cómo la tercera persona no es necesariamente un recurso escogido de forma estratégica y deliberada para efectos narrativos, sino, más bien, el pudor del yo, unido, además, a “la necesidad expresiva” y a la “voluntad de narrar algo”.
Sin embargo, la cuestión también podría interpretarse en otra dirección: la desconfianza en el yo.
De la intimidad a la Historia
Hay un aspecto interesante en Bonsái: los personajes se cuentan verdades íntimas; existe, casi, una exigencia natural por la verdad (que contrasta con la realidad política, plagada de mentiras y espacios oscuros).
Hay una relación más inmediata con la verdad íntima, personal, que desconecta a los personajes de la realidad pública, pues siempre será un fenómeno más complejo, más difícil de asir. La realidad es un libro más extenso, escrito en un idioma con el que apenas hay cierta familiaridad. La vida privada, la vida íntima, se compone de versos más comprensibles, de líneas cortas que no necesariamente son fáciles de leer pero sí más cercanas. La prosa enrevesada de la realidad, las líneas legibles de la vida personal. Sin embargo, la escritura es una manera de realizar acercamientos entre esos espacios de la historia de un país y el grado íntimo sobre cómo esa realidad se vive. Líneas que se intercalan traduciendo el idioma personal al océano textual de la realidad histórica y elaborando el camino inverso, construyendo una barca propia que pueda navegar ese océano. Creo que muchos de los cuentos y las novelas de Zambra participan de la expresa individualidad mirando el impacto siempre colectivo de los acontecimientos. Las dictaduras son colectivas, los terremotos son colectivos, la muerte es un asunto que nos atañe a todos, el amor, el desarraigo también; sin embargo, son fenómenos que tienen una silueta privada e individual, porque la muerte, la dictadura, un terremoto, un amor, son asuntos todos que se narran, finalmente, desde la primera persona.
Epílogo
Interesante preguntarse en qué medida las novelas de Zambra son políticas, es decir, cuál es la postura –que la hay- respecto a la historia chilena, sobre todo la asociada a la dictadura y la llegada de la democracia sobre la cual existió un escepticismo marcado. La idea es que más allá de esa capa histórica de la que hablan sus novelas y sobre la que podría juzgarse el carácter político de los textos de Zambra, hay otras más profundas o, al menos, poco visibles a primera vista. Las decisiones estéticas en la obra de Zambra, la brevedad, la cercanía con la poesía, los recursos de su narrativa, etc. son marcas políticas que también juegan un papel importante junto a esas otras más evidentes en las que se menciona a Pinochet o el trasfondo de la dictadura, unas veces explícito y otras latente, apenas insinuado.
Interesante, también, leer y comparar publicaciones posteriores a Bonsái y La vida privada de los árboles, como su novela Formas de volver a casa o su libro de cuentos Mis documentos, textos en los que se atisban -y profundizan- elementos que ya están en sus primeras dos obras narrativas pero donde observamos, también, cómo su obra se renueva, siempre fresca y sugerente.
Tal vez sean tareas para futuros lectores de Zambra o para los que ya lo son: realizar breves apuntes sobre las cosas que se descubren.

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