Voz a voz de lector (Lado B y Bonus track)




Aquí va la prometida segunda parte del top de novelas colombianas publicadas en este siglo. Lo buscado con este tipo de publicación es fomentar el debate cultural y tejer redes entre la comunidad de lectores colombianos. (Lea la Primera parte: Lado A)

Yeni Zulena Millán*





Museo de lo inútil, de Rodrigo Parra Sandoval (Bruguera, 2007)
 Lúdica del pensamiento, palabra sobresaltada; la ciudad como un sueño sudoroso, la historia como sucesión del deseo. Una lectura sobre el individuo como proyector del espacio, del espacio como carta de navegación para la realidad múltiple del individuo.


Memoria por correspondencia, de Emma Reyes (Laguna Libros, 2013)
La aguda terneza de lo adverso, la sincera afinidad entre la página compartida que se descubre a cada signo y la mujer que descubre la voluntad rotunda de definirse a sí misma.


Satanás, de Mario Mendoza (Seix Barral, 2002)
Un recordatorio de que la vida tiene sus propios fines. La casualidad, modesta telonera, al vínculo atronador de la violencia. Mendoza inserta sus personajes como monedas en caída lenta; advierte: a menudo apostamos contra nosotros mismos.


Los ejércitos, de Evelio José Rosero (Tusquets, 2007)
La voz que origina el sobresalto de la medianoche. La revelación de yacer en vecindad, en una realidad circular, sitiados por un animal acezante. El prólogo de la belleza a un anochecer de cuerpos rotos.


El desbarrancadero, de Fernando Vallejo (Alfaguara, 2001)
Exponer las venas y encontrar el otro mirándonos desde el fondo de nosotros mismos. Vallejo pone al hombre como único e irrefutable argumento de su propia existencia; ganador de derechos momentáneos, ciudadano de patria en exterminio.

*Poeta

***

Paul Brito*


Tríptico de la infamia, de Pablo Montoya (Literatura Random House, 2014)          
Bucea en las crueldades y vilezas cometidas en el siglo XVI, redescrubre América y nos hace sentir de nuevo la afirmación de Vargas Llosa de que la literatura es fuego y la de Bolaño de que es meter la cabeza en lo oscuro.

El hombre de la cámara mágica, de Pedro Badrán (Literatura Random House, 2015)
Después de El otoño de patriarca, no había leído una historia que relatara con tanta exuberancia narrativa y tanto dominio de la oralidad costeña el alma Caribe.


Mañana cuando encuentren mi cadáver, de Adolfo Ariza (Collage Editores, 2015)
Si en vez de poeta Raúl Gómez Jattin hubiese sido novelista, habría escrito esta historia hermosamente obscena, y profundamente humana.



El último donjuán, de Andrés Mauricio Muñoz (Seix Barral, 2016).
Combina hábilmente varias voces e historias hasta el punto de configurar una especie de conjunto descentralizado de emociones interconectadas, el mismo sistema de hipervínculos y redes de comunicación de la Internet, pero aplicadas al corazón humano.


Cuadernos para hombres invisibles, de Gerardo Ferro (Collage Editores, 2015)
Alejada de fórmulas que se repiten hasta el hartazgo en muchas de las novelas colombianas, esta historia va al origen del género: parte de una hoja manuscrita con epígrafes y se va llenando de capas narrativas, redescubriendo para sí misma un camino propio.

*Escritor

***

Camila Builes*



La luz difícil, de Tomás González (Alfaguara, 2011)
Una historia oscura y, por eso, supremamente hermosa. Tomás González combina en la vida de un solo hombre, David, la pintura y la escritura como formas de redención. A veces el libro parece un poema largo, otras una novela corta. Cualquier categoría le queda pequeña. 


Memoria por correspondencia, de Emma Reyes (Laguna Libros, 2013)
Explotada de niña, Emma Reyes reconstruye cómo fue su salida de ese pudridero en el que vivió. Una historia de amor a través de cartas. Un homenaje a la belleza que surge del dolor. 


Viaje al interior de una gota de sangre, de Daniel Ferreira (Alfaguara, 2017)
Una radiografía anónima, desconocida y apabullante de nuestro país.


Vida, de Patricia Engel (Alfaguara, 2016)
Retazos que, después de unirse, dan forma a una historia compleja, llena de matices. Vida, es un libro de pérdidas, de desencuentros. Un relato entrañable.


24 señales para descubrir un alíen, de Juliana Muñoz Toro (Tragaluz, 2017)
Está catalogado como un libro para niños, pero para mí esta historia trasciende los géneros y muestra la inocencia que no entiende de maldades. Con una prosa limpia y sencilla, Juliana me recordó todas las preguntas que me hacía cuando era niña, cuando estaba triste, cuando estaba sola.

***

Fabio Martínez*


Envío mis 5 novelas teniendo en cuenta que no he leído toda la novelística del país publicada a partir de 2000, y que en toda lista, se pueden escapar varias novelas excelentes. Te pido el favor, que incluyas esta aclaración.


Las formas de las ruinas, de Juan Gabriel Vásquez (Alfaguara, 2016)
Es una novela intensa y extensa que nos devela las claves del magnicidio como forma de perpetuar la historia de Colombia

El síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa (Seix Barral, 2005)
Novela de la diáspora, rica por su polifonía de voces, y su estructura fragmentada.


Cajambre, de Armando Romero (Premio de Novela Corta de Siero, 2011)
Es una novela con un lenguaje fresco donde el paisaje del Pacífico es el protagonista de la novela.

Duermevela, de Melba Escobar. (Planeta, 2010)
Es una novela con un tono impresionista, muy raro en la literatura colombiana, que gira alrededor de la muerte del padre.


Bohemian Rhapsody, de Carlos Pardo Viña (Caza de Libros, Pijao Editores, 2015)
Es una novela trhiller donde la muerte en una ciudad, es tratada de una manera sutil, integrando el rol que están cumpliendo las nuevas tecnologías virtuales.

*Novelista y docente universitario

***

Orlando Echeverri Benedetti*


Corea, apuntes desde la cuerda floja, de Andrés Felipe Solano (Diego Portales, 2015)
Cuando leo un libro y trato de recordarlo, normalmente mi memoria transita por las circunstancias en que lo leí: en la pantalla de un computador, descamisado, sudando vigorosamente en medio del sopor tailandés y el griterío de los niños zampándose en la piscina del condominio. Lo que más me gustó de este libro fue justamente que respondía a su título. Eran apuntes, tenían esa cualidad aventurera, imprevisible y asociativa de las notas sueltas, luego ordenadas, donde abundan los detalles, un vértigo de la memoria capaz de involucrarte en un país que adquiere forma a través del autor. 


Érase una vez el amor, pero tuve que matarlo, de Efraím Medina Reyes (Planeta, 2001)
A los veinte años es fácil impresionarse con este libro. El lenguaje crudo, la petulancia sin límite del protagonista, la sensiblería adolescente, su amor por el grunge y el punk en una ciudad donde solo se oía vallenato, todo esto me resultó, digamos, inusitado y descarado. Tal vez lo que más me llamó la atención del libro fue la estructura arbitraria y la cercanía de su atmósfera: conocía, por cierto, a casi todos los personajes en la vida real. Me reunía con ellos cada viernes en la Plaza de San Diego.


Gramática pura, de Juan Fernando Hincapié (Rey Naranjo, 2015)
Supongamos que comienzas a leer un libro y te encuentras con esta frase: “Hay gente que sostiene que una vida colombiana no puede ser decente ni puede estar entregada al conocimiento. Les demostraré a estos bausanes que están equivocados». En esta tierra de bausanes, de chupaculos, de youtubers y traquetos, este libro es una joya de la sinceridad.


Tumba de indio. Viajes por Ecuador y Colombia, de Juan Carlos Orrego (Editorial Universidad de Antioquia, 2016)
Supe de esta obra a través de una lista de Camilo Jiménez y me la trajeron desde Colombia. Estuve de acuerdo con el reseñista, que destacaba el esmero en la construcción de sus frases, el ritmo y la cadencia. Pero especialmente, el humor. Un libro en el que se es incapaz de abordar el humor es, muy raras veces, valioso.

La cuadra, de Gilmer Mesa (Literatura Random House, 2016)
Esta es una novela sobre la violencia en Medellín a finales de los ochenta, pero sin rayar en la obscenidad barata de la literatura sicarense. El narrador recuerda, en un tono testimonial, como fue crecer en Aranjuez, un barrio de la capital antioqueña. Una novela cuya temática no es para nada de mi preferencia, pero que está escrita con un estilo admirable.

*Novelista

***
Juan Pablo Plata*


Caviativá, de Mauricio Loza (Arango editores, 2007)
La novela más disparatada y divertida de la década pasada. Deja entrever que la ley en Colombia es para los de Ruana.

Hábitos nocturnos, de Alfonso Carvajal (Mondadori, 2008)
Libro sobre cocaína, sacerdotes y adiciones apócrifas a La Biblia. Excelente.


35muertos, de Sergio Álvarez (Alfaguara, 2011)
Novela para entender el conflicto armado y la idiosincrasia de Colombia de los siglos XX y XXI.


Rebelión de los oficios inútiles, de Daniel Ferreira (Alfaguara, 2015) 
Es una novela necesaria para ahondar en las raíces del conflicto armado colombiano; un libro útil para los tiempos que corren en que parece que Colombia se acerca a la paz.

Coprófago Paradise, de Juan Nicolás Donoso (Caín Prees,2016)
Novela con ciudadanos de varios estratos sociales. Recuento de la historia de la música electrónica. La perfecta escogencia de la novela publicada por el Ministerio de Cultura y 44 Salón Nacional de Artistas (Pereira).

*Literato

                                                                                ***

Carlos Orlando Pardo*


Los días en blanco, de Hugo Ruiz (Universidad Distrital Francisco José de Caldas 2014)
Es una obra mayor por la búsqueda de totalización de un mundo y por la cuidadosa estructura y el perfil perfectamente delineado de su historia. Todo irá entretejiéndose para dar una visión del mundo entre las costumbres, pensamientos, medio histórico y manera de actuar de personajes que cubren más o menos el siglo

La baronesa del circo Atayde, de Jorge Eliécer Pardo (Cangrejo Editores, 2015)
Como si leyéramos Guerra y paz de Tolstoi o La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, las historias de amor que va tejiendo el libro se engarzan válidamente a la historia del país. Los breves capítulos iluminan épocas desde el siglo XIX hasta el XX para mostrarnos cómo no hemos cambiado mucho.

Trashumantes de la guerra perdida, de Jorge Eliécer Pardo (Pijao Editores, y Cangrejo Editores, 2017)
Trashumantes de la guerra perdida aborda asuntos inusuales en la novela colombiana actual, contemporánea, no la que vuelve sobre el conteo de muertos ni le interesa la sangre o el horror sino la que ha superado la estética de la violencia visceral, para además ocuparse de la reflexión sobre el porqué de dicha violencia y, más allá, sobre los porqués de la guerra.


Buen viaje general, de Benhur Sánchez Suárez, (Caza de Libros, 2010)
Tanto la historia como la estructura y el lenguaje lo hacen a uno rodar como en un tobogán bajo la delicia de un texto impecable. Desde luego, para nuestra desventura, arropados por el manto de la violencia en que hemos vivido y en que han vivido otras generaciones anteriores a la nuestra.


Mis noches en casa de María Antonia, de Héctor Sánchez (Pijao Editores, 2007)
Las noches en casa de María Antonia es la confirmación de un escritor que conoce su oficio. Allí se conjugan, la fuerza expresiva con la sabiduría en las reflexiones y el valor de lo íntimo con la memoria del dolor.

Novelista.

***

Juan Guillermo Caicedo

Para iniciar es importante hacer una pequeña observación: las presentes novelas colombianas son obras que a juicio del seleccionador se mueven en la periferia de los gustos tradicionales de los lectores por sus temáticas o formatos. Otra mirada a las “literaturas” colombianas.

Gabriella infinita, de Jaime Alejandro Rodríguez  Ruiz y Carlos Roberto Torres Parra. (2007)
 Novela en formato de hipermedia, de las primeras hechas en español. Historia de amor que falsea la realidad y desarrolla hipercomprensión en los personajes acerca de su existencia.



José Antonio Ramírez y un zapato, de Campo Ricardo Burgos (La serpiente emplumada, 2003)
En una sociedad que excluye a las personas que piensan o sienten diferente, el protagonista debe enfrentar riesgos para defender su gran amor por un zapato derecho.



Microbio, de Fernando Gómez (Planeta, 2010)
Si piensas tener una aventura amorosa, cerciórate de que no sea con un científico loco que colecciona microorganismos, éstos aman de una forma bacteriana.



Open the Window para que la mosca fly, de Jaime Espinal (Ediciones B, 2007)
Es tan absurda, ridícula  y divertida que vale la pena leerla una vez en la vida para luego exorcizarla en una lista de recomendaciones. Sátira y parodia friki.

El ocaso de la locura, 1739 anno Domini, de Julián Andrés Gómez (Premio Nacional de novela Aniversario Ciudad De Pereira, 2014)
La corrupción de la iglesia católica, en una abadía del siglo XVIII en Colombia, lleva a la muerte del monje Teofrastro. Los diferentes puntos de vista de los personajes dan indicios para descubrir al asesino y sus motivos. 

Docente universitario
***
Antonio María Flórez*


El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince (Planeta, 2006)
Relato memorialista que estremece por su crudeza, la exaltación del amor al padre y la mitificación del resistente civil ante un país desgarrado por la violencia y necesitado de referentes morales.


1851, de Octavio Escobar Giraldo. (Intermedio, 2007)
Folletín de cabo roto que recrea con guiños cervantinos e intertextos una etapa fundamental de la historia patria: la colonización del Gran Caldas. Ironía y erotismo contenido, a ritmo cinematográfico, con diálogos precisos y una prosa ágil e innovadora que atrapan al lector de principio a fin.


Delirio, de Laura Restrepo (Alfaguara, 2004).
 Impecable narración que indaga en los misterios del pasado personal de una mujer desquiciada donde el suspense y el buen narrar se convierten en eje y recurso insoslayable de la historia.

El ruido de las cosas al caer,  de Juan Gabriel Vásquez (Alfaguara, 2011)
Obra que radiografía una etapa del país, el último tercio del siglo XX, vista desde la óptica de un narrador bogotano. Trazada enigmáticamente, devela la complicidad y el miedo de toda una generación marcada por la pesadilla del miedo y el narcoterrorismo.


Pelota de trapo, de Adalberto Agudelo Duque (Premio de Novela Ciudad de Bogotá, 2009)
Crónica en clave futbolera de la historia de un hombre gris y común de montaña que usa el fútbol como metáfora de vida. De estructura compleja rezuma imágenes de gran lirismo y precisión idiomática.

*Poeta y médico.

***
Andrés Mauricio Muñoz*


La luz difícil, de Tomás González (Alfaguara, 2011)
Esta es, sin duda, una de las novelas más logradas de Tomás González. Con una hondura que estremece, nos cuenta de aquellos entresijos de la condición humana que preceden a aquellos dos tránsitos ineludibles: la muerte y la vejez.


Los ejércitos, de Evelio Rosero (Tusquets, 2007)
Es una de las obras cumbres en el trabajo narrativo de Rosero. En ella se presenta el lado humano de la guerra, eludiendo con destreza la sociología, la política e incluso la meticulosidad de la barbarie irracional, para poner su mirada en el personaje, su lado humano, su consciencia, la forma como la guerra lo transforma.

Después y antes de Dios, de Octavio Escobar (Pretextos, 2014)
Estamos ante una novela de una prosa justa, cuya textura se deja palpar y bajo la cual reverbera la inquina en todas sus versiones, que marcha al ritmo de una sociedad soberbia, enajenada por sus vicios, sus peores infamias y una espiritualidad enconada.     
    

Rebelión de los oficios inútiles, de Daniel Ferreria (Alfaguara, 2015)
Se narra aquí una radiografía visceral de nuestra violencia desde la perspectiva de una génesis que explica las luchas que han devenido en sangre. Esta obra hace parte de un colosal proyecto narrativo al que se entregó Ferreira: pentalogía de la violencia en Colombia.


Los estratos, de Juan Cárdenas (Periférica, 2013)
Esta es una novela que ilustra muy bien el tránsito hacia los orígenes, hacia la raíz alojada en nuestros mejores años, una huida que despoja al personaje de todo lo que una sociedad dominante y estratificada se esmeró en contagiarle. Es un continuo desandar los pasos, la búsqueda de una redención definitiva.

*Narrador.

***
Daniel Ferreira*

Son cinco elecciones. Muy poco. Preferiría una vasta lista de recomendaciones librescas. Pero espero que otras llenen mis propias lagunas de lector. De mi lista de novelas colombianas publicadas en el siglo en marcha que vale la pena leer, han quedado por fuera la Mancha de la tierra, de Enrique Santos Molano que tendrá que ser leída por quienes se precien de conocer las minucias del movimiento comunero, y La bala vendida, de Rafael Baena, uno de los grandes prosistas que reveló este comienzo de siglo. Tampoco cupo Lejos de Roma, de Pablo Montoya, más cercana a la poesía y a la divagación metafísica. Ni la historia estupenda de no ficción de Piedad Bonnett Lo que no tiene nombre, ni la hornada de cuentistas con obra sólida: Saúl Álvarez Lara, Fabián Buelvas, José Hoyos, Andrés Mauricio Muñoz. Pero seguramente esos autores figurarán en otras listas más amplias y exactas cuando se haga el examen crítico de rigor. Propongo la siguiente, con obras que respiran solas, que abren caminos que parecían cerrados, que nos ayudan a entender mejor lo que debe ser la literatura.


Donde mueren los payasos, de Luis Noriega (Blackie Books, 2013)
Fueron unas intranquilas noches de un régimen que se extendió durante ocho años, el régimen de Uribe Vélez. Luis Noriega descifró las claves de la farsa desde la distancia de su autoexilio en España. Para muchos Colombia se ve muy divertida desde Barcelona. Para Noriega en lo divertido se esconde lo trágico. Una gran farsa literaria, espejo de un gran sainete político.


Once días de noviembre, de Oscar Godoy (El Huaco, 2015)
Ese oxímoron convertido en carrera profesional, La escritura creativa, se ha ido extendiendo desde Estados Unidos a toda Latinoamérica. En Cuba y Argentina y Chile ya se existían previamente como talleres de escritura para aficionados. En estados Unidos se popularizó como un pasatiempo de la burguesía y como una opción de dignidad para vocaciones tímidas. Oscar Godoy es la prueba de que una carrera de escritura creativa puede desembocar en gran literatura. Once días de noviembre es un gran desembarco literario sobre uno de los momentos de ruptura de la barbarie política colombiana: el holocausto del palacio de justicia.   


El escritor de culto, de Rafael Gutiérrez (Editorial Universidad de Antioquia, 2013)
Nadie, de los que he interrogado, sabe quién es Rafael Gutiérrez. Como nadie sabe quién es Rafael Sáenz, el protagonista de su gran novela editada por la Universidad de Antioquia. El escritor de culto hace delicias con el sistema de la fama. Toda fama se basa en un malentendido. Alguien escribe algo valioso y luego se muere y un sistema extraliterario lo convierte en leyenda. ¿Qué tiene que ver eso con la literatura? Nada. El único camino para escribir es quedarse solo escribiendo. La novela boicotea el malentendido que toda fama implica. Pero sí sabemos algo más de Rafael Gutiérrez: hace un doctorado sobre Bolaño en Brasil y el pasado diciembre publicó en la revista El Malpensante una disertación literaria sobre la última noche del escritor chileno. Un escritor de culto persiguiendo las huellas de un escritor de culto.

En el Lejero, de Evelio Rosero (Norma, 2003)
El arte está en los detalles. Para crear una atmósfera de muerte y desolación hay que reparar en esos detalles. Este libro breve tiene una atmósfera concentrada. Es como una obra shakesperiana: hay un tema, la búsqueda de una nieta perdida, y la multiplicación de la desgracia a donde conduce la búsqueda. Al final todo se resuelve en una gran escena de horror y ese es el destino del personaje y de todos los pueblos arrasados por la guerra política. Con este libro Rosero demuestra ser el gran heredero de Juan Rulfo.

Una singularidad desnuda, de Sergio de la Pava (Pálido fuego, 2014)
Necesitamos adoptar a Sergio de la Pava. Sus padres son colombianos, Nació en New Jersey pero su novela expresa el limbo de dos tradiciones: una cultura de origen y una de llegada. Esa novela monumental es el resultado de la migración incesante de colombianos en busca de mejores destinos. Las peripecias del abogado Casi inmerso en el mundo delincuencial de Brooklyn y su crítica humorística al sistema de justicia de esa llamada “democracia perfecta” demuestra las contradicciones de toda democracia, y su lenguaje y sus peripecias son la prueba de que el muro de Trump es marca ACME: está derrotado por la demografía y el adn del ciudadano norteamericano actual. El muro no detiene el multiculturalismo. Las culturas no son mundos aislados que se puedan detener con hormigón y alambres electrificados.

Novelista.

***
Luz Stella Muñoz*



La noche del verano que nunca llegó, de William Ospina (Literatura Random House, 2015).
Por la forma como recrea la historia y da a conocer aspectos desconocidos de escritores románticos, reunidos a raíz de la erupción del volcán Tambora.




Memorias de un sinvergüenza de siete suelas, de Ángela Becerra. (Planeta, 2013)
Porque es la historia de una fidelidad amorosa, salpicada de humor, que convirtió al protagonista en un ser infiel y caprichoso.




La ceiba de la memoria, de Roberto Burgos Cantor. (Planeta, 2007)
Por mostrar un esclavo como Benkos, su pasión y la esclavitud en Cartagena, mientras Pedro Claver domina sus pasiones con autoflagelación y dolor.


El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vázquez (Alfaguara, 2011)
Por mostrar efectos del narcotráfico, desde la Candelaria en Bogotá.  Cae el amigo del protagonista asesinado.  Realiza una investigación exhaustiva.




Mi vestido verde esmeralda, de Alíster Ramírez M. (Stockcero, 2003)
Porque admiro la forma como relata la vida de Clara, una mujer con mucho tesón y espíritu de lucha y su gran aporte en la colonización del Quindío.

*Docente.

***

Enrique Santos Molano*


Mancha de la Tierra, de Enrique Santos Molano (Grijalbo, 2015)
“Con su linterna histórica, Santos Molano penetra los rincones más oscuros de casas y espíritus para guiarnos  por un laberinto de emociones, sensaciones, actitudes y posiciones políticas, religiosas y filosóficas, de ahí que su novela sea tan envolvente, ya que una vez que un personaje cobra vida, sea ese el de Antonio Nariño, el de Magdalena Ortega y Mesa, su esposa, el del arzobispo Caballero y Góngora, o el del mismísimo José Antonio Galán, no lo queremos soltar, y su saga, como en toda gran novela, se vuelve nuestra saga”. Mario Lamo Jiménez, en revista Escarabeo.


La Rebelión de los oficios inútiles, de Daniel Ferreira (Alfaguara, 2015)
Una epopeya de los humildes, de los maltratados, de los que crean con el sudor de su frente la riqueza de los poderosos. Un retrato sin retoques de la clase dominante que vive a costa de los dominados. Una prosa de un lirismo asombroso por su sencillez, y de una capacidad narrativa original que absorbe la atención del lector y lo seduce sin compasión. Unos personajes y unas situaciones reales, creados por la imaginación de un gran maestro narrador. La crítica continental reconoció la excelsitud de esta novela al otorgarle el premio Clarín (Buenos Aires) en el 2014.




El Libro de la Envidia, de Ricardo Silva Romero (Alfaguara, 2014)
Notable performance de carácter Joyciano, que en el transcurso de un día reconstruye el asesinato de José Asunción Silva, por medio de personajes y escenas imaginarias, en un escenario real, y en una trama de suspenso legítimo y de un humor  iridiscente y sostenido, que le ayuda al lector a desenredar la madeja complicada de la trama. Un fresco inimitable de la Bogotá de finales del siglo XIX.




Jaque, Caballo y Rey, de Daniel Samper Pizano (Alfaguara, 2015)
Con humor fino y sin rebusque, la novela describe de manera fidelísima una época del siglo XX que estaba virgen en el tratamiento novelesco: el período, o más concretamente, el primer año del gobierno de facto del Teniente General Gustavo Rojas Pinilla. Valiéndose de las hazañas de Triguero, un caballo famoso, campeón invicto hasta su muerte desdichada, el autor desmenuza el nacimiento de lo que se consideró la posviolencia. El asesinato de Triguero sirve de metáfora para simbolizar el engaño de un país que creyó en las buenas intenciones de un falso libertador, que a su vez sucumbió a las alabanzas desmesuradas de sus patrocinadores.


La Secreta, de José Nodier Solórzano Castaño (Torre de Palabras, 2104)
En el género de la novela corta, pocas en Colombia, quizá ninguna, alcanza la excelencia de este relato ambicioso que, con la cuchilla del legista más hábil, hace la autopsia de una sociedad que ha muerto envenenada por la corrupción que instilan en el organismo social las distintas mafias, principalmente la de los políticos. Muestra, por medio de sus personajes (putas, detectives, un tigre imaginario, una hermana loca, y muchos otros), cómo el poder cae en manos del hampa de cuello blanco y todo lo pervierte. Tanta sordidez no le cierra el paso a una prosa impecable, que si no endulza el amargo trasfondo de la novela, sí nos descubre a un escritor ducho en el idioma y que maneja con destreza las técnicas del arte de narrar.

*Historiador y novelista.

***
Miguel Manrique


Los impostores, de Santiago Gamboa (Seix Barral, 2002)
Divertida. La trama detectivesca es un tanto disparatada, pero los personajes son memorables y Gamboa se arriesga a situar la trama en China. Es inolvidable Chouchén Otálora.

El ruido de las cosas al caer,  de Juan Gabriel Vásquez (Alfaguara, 2011)
Tiene una prosa cuidada y narra el drama en que se ve envuelto un personaje gris de clase media alta cuando lo toca la violencia. Desacertado el nombre de Maya para una apicultora. A veces puede ser densa y falta de ironía.




El Eskymal y la Mariposa, de Nahum Montt (Alfaguara. 2004)
Es una de lad mejores novelas de género negro escritas en Colombia. En medio de los asesinatos de los principales líderes políticos de los noventa, se ahonda en la corrupción y descomposición del Estado.


Coleccionista de polvos raros, de Pilar Quintana (Norma, 2007)
Narra la vida de la Flaca, una muchacha que tira sin ganas, en la Cali de los años noventa, en medio del clasismo provinciano de la ciudad y de traquetos. Los personajes podrían parecer estereotipados, pero el lenguaje es ágil y vigoroso.


El inquilino, de Guido Tamayo (Literatura Random House, 2012)
Parece una novela tardía, quizás anacrónica, pero retrata con brevedad y precisión poética los últimos días de un personaje que pudo ser un escritor colombiano.

*Novelista y editor.

***

Humberto Ballesteros*


Los ejércitos, de Evelio Rosero (Tusques, 2007)
La novela se llama “Los ejércitos”, pero estos, como los monstruos en las mejores películas de terror, son apenas un esbozo, terrible precisamente porque apenas se lo entrevé. En cambio, quienes ocupan el primer plano son las víctimas. Habitantes de un pueblo como cualquier otro, cuya vida ha sido, es y será determinada por esos mismos inconstantes, inasibles, inagotables ejércitos.


La luz difícil, de Tomás González (Alfaguara, 2011)
Una novela rigurosamente atea que también es una obra maestra de la literatura mística. La luz difícil que el protagonista descubre por medio de sus cuadros mientras su hijo muere es un reflejo del lenguaje certero de González, pero también de la mirada del lector, que se ilumina dolorosamente a medida que el relato progresa.




Rebelión de los oficios inútiles, Daniel Ferreira (Alfaguara,2015)
Ferreira es, a mi parecer, el mejor alumno que tiene Rosero en la nueva generación de escritores colombianos. Rebelión de los oficios inútiles, ganadora del Premio Clarín de Novela 2014, es la tercera entrega de su ambiciosa Pentalogía infame de Colombia. El libro relata una toma de tierras. El lector, sobre todo si es colombiano, ya se sabe el final de memoria, pero Ferreira nos conduce a él con un dominio magistral de las más variadas técnicas narrativas.


Despegue, de Javier Moreno (Ediciones SM, 2014)
Una novela brevísima en la que un niño que padece una enfermedad terminal tiene un proyecto secreto con su primo favorito: construir una nave espacial.


La casa de la belleza, Melba Escobar (Emece,2015)
Un thriller sutil y bien armado que, a la manera de las Heroínas de Ovidio, recrea una historia archiconocida de forma completamente novedosa porque la explora desde un punto de vista femenino de verdad verdad, sin remordimientos, debilidades, excesos ni subterfugios.

*Novelista.

***

Ángel Castaño Guzmán


Los derrotados, de Pablo Montoya (Sílaba, 2012)
Con atildada prosa, Montoya lleva de la mano al lector por los pasadizos de sangre en los que los intelectuales colombianos han dejado jirones de piel a lo largo de dos siglos de vida republicana. En esta novela se perciben con facilidad los asuntos que obsesionan al escritor y músico.


Memoria de derrotas, de Rafael Baena (Alfaguara, 2016)
La obra de Baena es de las más sólidas e interesantes de la novelística colombiana reciente. Sus ficciones históricas son de primera, combinan con mano experta las dosis justas de acción y exploración histórica. Menciono la novela póstuma de Baena, quizá la más insular de su trayectoria: acá, escondido a medias detrás de un nombre y rol ficcional, narra su lento atardecer, sin por ello caer en el simplismo y la descortesía.


Contenido explícito, de Juan Sebastián Gaviria (Literatura Random House, 2017)
Gaviria no se anda por las ramas: no deja que el lector parpadee. Las tres novelas breves agrupadas en este libro son disparos certeros. La escritura limpia y las historias trepidantes de este volumen seducen y noquean al tiempo.


Dime si en la cordillera sopla el viento, de Samuel Jaramillo (Alfaguara, 2015)
Ficción que le apuesta de lleno a la destreza arquitectónica: cuenta la historia de un clan echando mano de recursos estilísticos formidables. 

*Periodista.

***

Bonus Track

Hola, Ángel. Gracias por tu invitación a participar en la encuesta. He estado pensando en tu pregunta y me doy cuenta de que ni si quiera he leído cinco novelas de ese período. Algunas veces he tratado de leer a los autores inflados por los medios, pero no he llegado lejos. He empezado dos novelas de Juan Gabriel Vásquez y me parece pesado, falto de gracia. Con El ruido de las cosas al caer, después  de tres párrafos sentí como si un hipopótamo me cayera encima. Traté de leer Angosta, de Héctor Abad, pero me pareció  los apuntes para una novela nunca escrita. Abrí La oculta en cualquier página y vi unas frases mal parapetadas. El olvido que seremos no lo pienso leer, porque estoy escribiendo  sobre mi padre. Lo que ha escrito Vallejo en este siglo no me ha interesado. Su estilo de culebrero iconoclasta me ha quitado las ganas de leerlo. De William Ospina he leído  cero novelas. Los geniecillos bogotanos -Silva y uno monito que escribe en El Tiempo - no los he leído  por economía: me ahorro el tiempo, la plata y la rabia. Todos esos redactadores de mercancía  no nos dejan ver a los buenos escritores, la mayoría de los cuales andará inédita o precariamente divulgada. Habrá  que esperar algunos años para que tanto globo se desinfle. Hay autores que respeto, como Rosero Diago y Marco Tulio Aguilera. Sé que entre los mas nuevos hay unos muy buenos -Ferreira y Betancourt- pero no me ha llegado la hora de leerlos. Cada vez le creo más  a Borges cuando dice que es mejor leer libros que hayan pasado la prueba de los cien años. Pero dentro de cien años ya no estaré para responder la encuesta.
Gracias de nuevo. Si te sirve algo de aquí  puedes utilizarlo. 
Un abrazo.
Gustavo Arango

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